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Darío wagneriano
Joaquín Absalón Pastora



Según su contemporáneo, el analista Justo Sierra, Rubén Darío es un músico wagneriano. No se requiere la magia de leerlo oyendo música para comprobarlo.

Nadie discutirá que Rubén, vocero del espíritu humano, ha “rubendarizado” al mundo más allá de Europa en lo que constituye un término consonante con la “globalización”.

Nadie podrá negar en los extremos de otro mundista —de acuerdo con Saint Víctor— que el orbe se “shakespearizó”, desde que nacieron “Romeo y Julieta”, desde que “Hamlet” apareció etiquetado en las tablas.

Cada enero y cada febrero de los años nuevos —advenimiento y muerte— no detienen el proceso de encarnarse en el triunfo de la memoria, este sonoro bastión de la belleza literaria, capaz de tender la guzla sobre los siglos, sobre todas las cuerdas. Nadie va a negar tampoco que Rubén Darío abrigándose en el prodigioso universo de las letras nunca agotado, fue también un músico. Fue —es— sin haberlo pretendido quizá, un vocativo peregrino de su tabla temática.

Rubén Darío jamás fue un poeta sordo: es un poeta dentro de la música, un poeta total. Dentro de esa arquitectura multicolor tenía —tiene— una sala que suena en el silencio interior de la lectura o en el escenario de la voz hacia afuera lográndose el milagro de convertir a las letras en los instrumentos de una orquesta sinfónica: clarín, flauta, címbalo, arpa, violín, en cuyo decorado rítmico son solistas las trompetas de Ricardo Wagner, cuyas cadencias no ocultan los versos ora triunfales, ora temerosos... “¡ah, las trompetas de Wagner!”. Se pone al lado suyo cuando asiste al espectáculo epopéyico de “La Marcha Triunfal” (“Ya se oyen los claros clarines”). Veía acaso en las renovaciones de la soledad a Lohengrin de Wagner, armonioso como una sinfonía sin tacha, luciendo los blasones de la lira policorde.

Cuando descansan los héroes resplandece un “minueto oral” que pone sollozos en los hilos del violencello. Lloran más cuando en la ilusión de compartir la pureza artesanal de Guarnieri salen en otro episodio, los vientos humanos o las flores humanizadas de... “era un aire suave”...

Largo es el alejandrino de Rubén, como largas son las notas de Wagner. Sonido y sangre —en las frondas complicadas de Bavaria, en la jaula infernal de la política.

Ricardo Wagner aparece también en los versos Haine, quien los mezcla con la música. Rubén y Haine glorifican a la unidad musical, abren su alma rítmica en los moldes eternos del alejandrino. En vez de palabras, notas y más notas de Wagner desde la ventana del Parnasiano Leconte de Lisle. Conclusión: El sonido en el verso.

Quién no sabe que Rubén agregó una cuerda a la lira de España, otra a la de Francia, otras al resto del mundo. Músico y poeta no: un poeta dentro de la música, específicamente dentro de las solemnidades de Wagner ante quien como, Baudelaire, tembló de admiración.

Tomado de La Prensa Literaria del sábado 19 de Enero, 2002
Managua, Nicaragua

 

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